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Teodulfo Lagunero




En su refugio. El abogado y constructor, “mecenas” del PCE en el exilio, en su dúplex de Fuengirola, Málaga, rodeado de cuadros de Rafael Alberti.
En su refugio. El abogado y constructor, “mecenas” del PCE en el exilio, en su dúplex de Fuengirola, Málaga, rodeado de cuadros de Rafael Alberti.

El millonario que hizo de topo para el Partido Comunista en el exilio

“Rojo” atípico, riquísimo y refinado, el empresario Teodulfo Lagunero inyectó millones de pesetas al PCE durante la dictadura. Ahora repasa en un libro cómo coló en España a Carrillo y cómo intimó con Neruda, Asturias, Alberti… Personaje contradictorio y desconocido de nuestra reciente Historia, reniega de Cela y de Juan Antonio Bardem.

Por Antonio Lucas. Fotografía de Chema Conesa.

No resulta fácil dilucidar si fue por estrategia o paradoja que el Partido Comunista de España en el exilio tuviese como topo en Madrid a un millonario. Eran años en los que Santiago Carrillo tomaba el té con el diablo en París y Pasionaria jugaba al tute con Stalin antes de echar las cuentas del "oro de Moscú", según el bestiario cañí del franquismo. En el arranque de la década de los 60, cuando la nevera, el Seiscientos y El Cordobés componían la santísima trinidad del falso progreso, en medio de un sueño de suecas y pelotazos inmobiliarios en la Costa del Sol, Teodulfo Lagunero (Valladolid, 1927), comunista, constructor, catedrático de Derecho Mercantil y abogado (quizá en este orden), se abrazaba al poeta oficial del PCE, Marcos Ana, en la manifestación del 1° de Mayo en París bajo un palio de pancartas y banderas rojas adobadas con los acordes rugientes de La Internacional. Unas horas antes, sin atisbo de contrariedad, Lagunero se había apretado en el restaurante Maxim’s unas láminas de foie fresco con salsa de arándanos y esa noche, tras las obligaciones revolucionarias, volvía a ocupar su habitación del Hotel Hilton, con vistas al Sena, donde hacen la cama a plomada y son las sábanas de hilo.
Nadie imaginaba que aquel abrazo parisino entre Lagunero y Marcos Ana iba a ser el comienzo de la prosperidad del PCE en el exilio por obra y gracia de un capitalista que bombea comunismo con la hoz del corazón. Teodulfo Lagunero, Fufo entre amigos, se convirtió con el tiempo en la banca suiza del rojerío español, en el fuelle económico de las conspiraciones, en el Monte de Piedad del antifranquismo... Levantaba urbanizaciones en media España, se fumaba un habano de primera y pasaba, sin contradicción, a cenar con Carrillo en su magnífica mansión de la Costa Azul para que Eugenio Arias, el barbero de Picasso, le diseñase al líder un pelucón oxigenado y horterilla con el que cruzar los Pirineos hasta llegar de clandestino a Madrid. Financiaba estancias para los comunistas, inyectaba miles de francos al Centro de Información y Solidaridad con España (CISE), que presidía Picasso y dirigía Marcos Ana, subvencionaba pisos francos, se calzaba un esmoquin si era preciso, brindaba con Neruda, desconfiaba de Cela, paseaba Roma con Alberti y sabía con exactitud dónde paraba Carrillo a cada hora. De hecho, cuando los de la Brigada Social encontraron en 1976 al líder comunista de incógnito en Madrid y le pusieron alcoba en la cárcel de Carabanchel, Lagunero le envió una antología de crustáceos, encargada a la marisquería Corinto, como para reventar el ácido úrico de los presos. Eso sí, cuentan que Carrillo no probó ni las nécoras porque lo soltaron esa misma tarde y conviene dejar la trena con las alforjas ligeras. Ese es Teodulfo Lagunero, una suerte de Onassis de secano que atesora en el dobladillo de la sien el secreto de las mejores carreras de aquel hipódromo de aciertos y rencores que fue la Transición.
Ahora traza los últimos párrafos de sus memorias políticas, una menestra de datos, curiosidades y encuentros a media luz de cuando los Guerrilleros de Cristo Rey buscaban a Carrillo detrás de cada calvo en la Gran Vía, y Adolfo Suárez, era 1979, legalizaba el PCE un Sábado de Gloria con estilográfica de plata y el pulso de la firma perfumado con el humo de un Ducados. A la vez iba Lagunero incrustando en su ajetreo clandestino un encaje de aventuras literarias que ahora ha hecho catón de recuerdos, Una vida entre poetas, publicado por La Esfera de los Libros. Cuando aquí se esperaba un nuevo punto de luz sobre los años de la Transición, de la que tanto sabe, Lagunero se descuelga con un puñado de páginas que recorren su amistad con algunos escritores y poetas, en una nómina caprichosa y desigual con la vértebra común de que todos son gentes de izquierdas menos Camilo José Cela, puesto aquí para recibir una coz.
—Sé que no viene a cuento incluirlo en el libro, pero se trata de un Premio Nobel al que traté, aunque mucho menos que a Neruda y a Miguel Ángel Asturias (quien me regaló su medalla del Nobel). A mí Cela nunca me cayó bien. Era un delator y un censor. Intentó venderme su casa en Palma de Mallorca, intentó que sufragase su revista, Papeles de Son Armadans... Imagínese, yo financiando al PCE y dando dinero a ese señor.
—¿De veras cree que Alberti tuvo posibilidades reales de conseguir el galardón de la Academia Sueca?
—Sin duda. Estuvo muy cerca gracias a Paco Úriz, Marina Torres y a Artur Lundkvist, miembro de la Academia especializado en literatura española. Yo mismo envié varias decenas de libros de Rafael a Suecia, como me pidieron. Y se organizó allí un ciclo de recitales y conferencias suyas. Estaba todo bien planeado para apoyarlo, pero a última hora Alberti decidió no hacer ese viaje y no cumplir los compromisos adquiridos. "Mi poesía es andaluza, nunca podrá ser entendida por suecos", decía. Por más que María Teresa y yo intentamos disuadirle durante varios días, no fuimos a Suecia. Aquello hizo que desaparecieran todas las posibilidades, que no eran pocas. Teníamos ya sacados los billetes para Estocolmo. Al final, lo ganó Aleixandre. Algunos dicen que no se lo dieron a Alberti porque era comunista. Eso es falso, falso. ¿No lo ganaron Neruda y Miguel Ángel Asturias?
[Fuentes más acreditadas aseguran, sin embargo, que el Nobel tenía otro destinatario en la Generación del 27: Jorge Guillén]. En Teodulfo Lagunero el comunismo es de pedigrí. Hijo de catedrático de instituto comunista, hermano de comunista condenado a muerte, condenado a muerte él mismo. Cayó en el pozo sordo de la cárcel, le conmutaron la pena y de ahí salió para montar una academia, estudiar Filosofía y Letras, hacerse catedrático después y consejero de banco, entre otros menesteres de su carrera de rico. Dedicó muchos años a amasar fortuna antes de vincularse políticamente al PCE y su primer apoyo fue a la aludida CISE.
—La labor de esta organización fue esencial para los que huían de España. Allí no se preguntaba, sólo se ayudaba. Se ayudó a socialistas de la UGT, a los de la primera ETA, cuyo objetivo era la derrota de Franco más que la independencia del País Vasco. Teníamos profundas diferencias, claro, pero no eran los asesinos que han sido hasta ahora... Se les buscaba vivienda, trabajo, ropa, dinero... Era un sueño solidario y un centro de agitación increíble. Al principio, la CISE estaba en una habitación de un piso modestísimo, así que le dije a Marcos Ana que buscara otra sede mejor. Y encontró un espacio en el centro de París, al lado de la Universidad de la Sorbona, en el 198 de la Rue Saint Jacques, que pagué yo.
—¿Sigue siendo comunista?
—Decir ahora que ya no lo soy sería de chaqueteros. Y eso, no. Soy comunista en el sentido en que reconozco que la URSS fue un fracaso, pero la idea marxista de cambiar el mundo sigue siendo igual de válida que entonces. Hay que buscar una sociedad más justa. Yo no tuve carné del PCE hasta que, ya legalizado, me dieron uno firmado por Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri. Yo no lo solicité, fue un regalo. Y tiene el interés de que es el único que existe firmado a la vez por ellos dos. Por entonces, la sede del partido estaba en un pisito de la calle Peligros, en Madrid, hasta que les regalé la que fue sede del Comité Central, un local de más de 800 metros cuadrados en la calle Castelló 25, en pleno barrio de Salamanca. Un espacio que hoy valdría miles de millones de pesetas.
—¿Por qué esa generosidad?
—Yo tenía dinero y quise apoyar la lucha antifranquista porque en mi familia sufrimos mucho la dictadura. Lo di todo por el Partido Comunista. Un ejemplo: en mi casa de Cannes, llamada Villa Comete, donde mantuve un relativo exilio, se hizo la Junta Democrática y numerosas reuniones para conspirar contra la dictadura. En esa época, como hombre emprendedor que soy, monté una empresa de construcción de chalés de lujo en la Costa Azul. Gané muchísimo dinero y todo, todo, fue para el partido y para el CISE.
—¿Y nunca levantó sospechas sacando todo ese capital desde Madrid?
—Era consciente de que mi colaboración podía provocar que en cualquier momento me levantaran todos los bienes, pero nunca sucedió. Tampoco saqué de España grandes cantidades de una sola vez, siempre entre uno y dos millones de pesetas que llevábamos a Francia, mi mujer y yo, para Santiago (Carrillo). Pero recuerdo aquel día en que llené el maletero de mi Mercedes de jamones para los amigos del partido exiliados en París. En la frontera me paró un gendarme francés y quedó alucinado al ver la charcutería que llevaba. Le dije la verdad, que eran regalos para Marcos Ana, para Ángela, la viuda de Julián Grimau, para Santiago Carrillo, otro para Pasionaria, que vivía en Moscú... Aquel hombre no daba crédito [risas].
Teodulfo Lagunero cuenta los vaivenes de aquellos años con una épica estofada de sonrisas, quitándole la carga dramática a ese largo invierno. Mientras habla golpea la mesa con un lápiz marcando el compás de la conversación. Vuelve a la carga como empujado por una sacudida de recuerdos que le iluminan un bronceado acuñado en el Caribe, donde pasa una parte del invierno antes de volver a su retiro de Málaga, refugiado en una biblioteca privada con más de 30.000 libros, apuntaladas las paredes de su casa con cientos de cuadros de Rafael Alberti y un quieto alud de fotografías. "Nos vas a matar a fotos", le solía decir Neruda. Era de los pocos que llamaban a la puerta de Carrillo sin cita previa, cuando éste vivía a las afueras de París, en un modesto chalé que tenía, más o menos, los mismos metros cuadrados que el negro Cadillac de jeque árabe que le regaló Ceaucescu. Y entre visita y visita, organizaron el regreso clandestino del líder a Madrid, coronado con esa peluca de lolailo.
—Me comentó que quería venir a España y consideraba que conmigo podría entrar de manera más segura. Lo organizamos todo para cruzar la frontera en un Mercedes de color gris y matrícula de París que conducía mi mujer. Todo fue sin problemas. Llegamos a Madrid y pasamos la primera noche en un pequeño apartamento que yo tenía en la calle Comandante Franco. El resto de días, Santiago estuvo en un antiguo colegio que compré en El Viso, en la calle Lizarán 17, con los cristales de las ventanas blindados, por si acaso se daba un atentado. Él vivía allí con una mujer del partido que le hacía las funciones de secretaria. Nadie podía encontrarle porque, además, el chalecito tenía garaje propio y él entraba y salía dentro del coche. En los varios meses que residió en aquel lugar escribió Eurocomunismo y Estado, libro dedicado a mi mujer y a mí, y del que nos regaló el manuscrito.
—¿Nunca hubo peligro?
—Pues tomábamos muchas precauciones, pero según me dijo tiempo después el jefe de la Policía en Madrid, una bellísima persona, cometí todos los errores para que hubiéramos sido cazados. Cuando al final le detuvieron, le dejé a mi secretaria dos millones de pesetas en efectivo por si le ponían en libertad bajo fianza. Ella era muy de derechas y cuando me preguntó por el destino de ese dinero la engañé. Le dije que era para un negocio y que cuando yo avisase vendría una señorita a recogerlo, Belén Piñés, hija de un reconocido monárquico. Nadie podía imaginar que ella era la secretaria particular de Santiago.
La paradoja se instala de nuevo en la mañana acampanada de frío, y este hombre, fiel comunista, revolucionario de camisa con gemelos, urdidor de regresos y cerrojazo de exilios ("¿de qué no fui yo protector en aquella época?", se pregunta), financió también la vuelta de Rafael Alberti y María Teresa León desde Roma, tras 40 años fuera. Íbamos a atacar este flanco cuando Teodulfo Lagunero suelta un dato inesperado, casi rocambolesco, cumpliendo a rajatabla una improvisada eucaristía surrealista. Ahí va:
—¿Sabe que accidentalmente he sido también abogado de León Degrelle, el fundador del fascismo? Sí, fui amigo suyo. Yo le compré una casa en Fuengirola y dentro había un león de piedra ibérico, una joya arqueológica. Alguien le puso una demanda por saqueo de obras de arte, pero aquello no era cierto, así que me presté a testificar a su favor porque, a pesar de estar políticamente a años luz, tengo la obligación de decir la verdad. Era un hombre muy interesante. Fue quien aleccionó a Mussolini en el fascismo y, curiosamente, despreciaba la Falange porque decía que no era más que un grupo de señoritos ridículos. Imagínese la situación, quien introdujo a Carrillo en España defendiendo ahora a León Degrelle...
—¿De esto hay mucho más en sus memorias?
—Las cosas gordas no las voy a contar. Mi entrañable amigo Antonio Gala, de quien también soy abogado, dice que las memorias las escriben los tartamudos, porque antes de decir algo, se para uno a ver si conviene. No sacaré a la luz datos de unos y de otros porque la mayoría han muerto, ¿qué necesidad hay de airear trapos sucios por la vanidad de demostrar que yo lo sé? Sólo me voy a meter con una persona, con Juan Antonio Bardem. Lo pongo a parir. Me estafó dinero de la película que yo le produje en 1979: Siete días de enero, sobre la matanza de los abogados laboralistas en la calle Atocha. Una película a la que el PCE tuvo que dar previamente el visto bueno.
—¿Y algo que nos pueda adelantar?
—Pues mire, un hecho que me ha contado varias veces Carrillo, incluso lo ha grabado en una cinta que yo conservo, al igual que sus recuerdos sobre los encuentros que mantuvo con Pasionaria o con Stalin. Se trata de una noche en la que Hachuel le invitó a cenar porque Botín quería conocerlo, pocos días después del golpe de Estado del 23-F. En aquella cita, el banquero Botín se lamentó en público del fracaso del golpe, lo cual demuestra que es una mala persona. Decir eso delante de Santiago es una provocación. Y éste, sin inmutarse, comentó: ‘Mire usted, de haber triunfado yo estaría ahora mismo fusilado y usted, quizá, haciendo negocios con su banco, pero no infinitamente. Aquello caería tarde o temprano, la Transición no sería tan pacífica como ahora y a usted se le pediría cuentas’. La situación fue muy tensa y Carrillo no volvió a hablar en toda la noche.
—¿Cuál cree que es su mejor obra en la vida?
—El tiempo en que trabajé full time para el PCE. No me arrepiento de nada. Fueron 12 años en los que me realicé humanamente, luchando por España. Comunistas, sí, pero demostrando que queremos a este país más que nadie, construyendo una democracia para todos.
—¿Y qué le debe la Transición?
—¿A mí? Nada. Es algo que hicimos todos, empezando por el Rey, Suárez, Fraga, Santiago, José Mario Armero, Aurelio Menéndez... Yo di dinero, que es lo que tenía que hacer, sin pedir nada a cambio.
—¿Sintió el rechazo de sus compañeros en el PCE por ser millonario?
—No, porque mis relaciones fueron esencialmente con la cúpula y me conocían todos.
—¿Cómo ve el Estatuto?
—Pues que se va a aprobar y no se va a romper España, como auguran los apocalípticos. Servirá para afianzar al Gobierno, ya verá.
Ahora que el comunismo no pasa de cadáver exquisito, Teodulfo Lagunero habla de los años de gloria del partido con memoria intrépida y verbo algo abacial. Como gran fontanero de la Historia reciente conoció los grifos de oro de la Transición y las cañerías que se llevaron los despojos fecales del cambio a la democracia, de los que no va a hablar en su próximo libro. Sabe más de lo que cuenta, pero se ha aplicado una amnistía general en los recuerdos y sólo conserva aquellos que no escuecen. Es feliz entre un amigo y un campo de golf. Hace años que este viejo camarada plantó en Fuengirola, al sol, su politburó.




Capitulo del libro de las Memorias de Teodulfo Lagunero que acaba de publicarse y ya esta en las librerías

Teodulfo Lagunero

00:30h. del Miércoles, 4 de noviembre. 

Vuelvo al hotel y me encierro en mi habitación. Estoy triste. Me han impresionado la visita al hospital y los recuerdos de Valladolid. Me tumbo y pienso sobre mi vida. ¿Qué hago yo allí, en París, sobre la cama de un hotel del barrio Latino? ¿Qué hago allí, en París, colaborando con los comunistas, dándoles mi tiempo y mi dinero? Tengo abandonado mi despacho de abogado y mis negocios de Madrid, y son importantes. ¿Qué riesgos estoy corriendo? ¿Qué puede pasarme si se entera la policía y me detiene? Evidentemente la primera represalia será mandar una jauría de inspectores de Hacienda, del Ministerio de la Vivienda, del de Obras Públicas, a que miren con lupa todos mis negocios para cebarse en ellos. El perjudicado no sería solo yo, sino también mi familia y mis socios. ¿Tengo derecho a hacer lo que estoy haciendo? ¿O es acaso un deber hacerlo? Soy un ser libre y mi obligación es ejercer esa libertad de manera consecuente. No hacerlo sería perderme el respeto a mí mismo.

Estos días atrás lo veía todo muy claro y estaba lleno de entusiasmo y optimismo. Hoy, no sé por qué, estoy lleno de dudas, de malos presentimientos. ¿Cómo puede un hombre cambiar en unas horas de pensamientos, de sentimientos? ¿Cómo se puede pasar del entusiasmo y del optimismo a sentir el alma desgarrada por la angustia, por el temor? Me siento acorralado, aprisionado, perseguido. Siento más que presiento que me van a ocurrir cosas horribles. Y aún nadie me tortura el cuerpo, solo me tortura el alma. Recuerdo un verso de Marcos Ana: «Hombre cogido en un cepo». Yo también estoy cogido en un cepo, o quizá somos miles o millones de españoles los que estamos cogidos en un cepo, en el cepo de la dictadura, en el cepo de ese túnel sin salida en el que llevamos ya tantos años atrapados. Pero aquí, en esta cama de este hotel en el barrio Latino de París, siento que se confabulan contra mí todas las fuerzas de lo humano y lo divino. Cada minuto que transcurre me voy deprimiendo más, me voy horrorizando de lo que pasa o de lo que puede pasar. Estoy paralizado, inerme, indefenso, impotente y nada puedo hacer para evitarlo. Recuerdo no sé de dónde la frase «no hay quien te salve». Pero, ¿por qué, por qué, por qué…?. Me levanto, lleno la bañera de agua caliente y me meto en ella. Cierro los ojos y permanezco así largo tiempo. Quiero no pensar en nada, quiero no sentir nada, pero pienso y siento tantas cosas, tan distintas, tan contradictorias. Pienso en los miles y miles de españoles que han dado la vida por llevar las banderas de la libertad y la república, para dar la vuelta a la tortilla y que salgan las banderas de la tiranía y el fascismo, para sustituir las banderas de las sacristías y de los cuarteles por las banderas de la libertad y el socialismo. Arriesgaron la vida por su causa, que es también la mía. Cuando medito esto vuelve a fluir la sangre veloz por mis venas y golpeo con mi puño el agua de la bañera, y digo: «Hay que seguir, no importan los riesgos». Pero al momento vuelven a mí presagios y temores. Pienso que quizá no tengo a nadie a quien recurrir para que me diga lo que tengo que hacer. Y pienso que no es cuestión de consultas. Soy yo el que tiene que decidir. ¿Y los míos? Mi madre, mi hija, Rocío, ¿qué pueden hacer ellas? ¿Qué me pueden decir ellas? Son ellas las que agudizan mis temores, pues sé que todo se volverá en su contra. Mi pobre madre volverá a sufrir otra vez los horrores que sufrió durante la guerra y después de la guerra. No es posible que una mujer pueda aguantar tanto sufrimiento, y me pregunto angustiado si tengo derecho a hacerle correr nuevos riesgos, a hacerle sufrir por mí o por mi culpa. ¿Pero acaso no han sufrido también las madres de tantos y tantos españoles?

Me seco, me visto y vuelvo a tumbarme en la cama. Ya más tranquilo, pienso que a lo mejor no pasa nada, que a fin de cuentas lo que estoy haciendo no es tan grave. ¿Qué estoy haciendo? Tener unas ideas, unas creencias. ¿Pero es que acaso puede el hombre vivir sin ideas y creencias? Simplemente estoy contribuyendo en lo que está a mi alcance al triunfo de mis ideas. Solo quiero que en España haya una organización económica, política y social mejor que la que hoy hay, más justa, más racional. Quiero contribuir personalmente al triunfo de esas ideas en mi patria y, como dice Simone de Beauvoir en ese pequeño libro, quiero poder participar en la victoria, hacer que la victoria sea mía porque he participado en ella. ¿Ese es mi delito? Solo por ello presiento tantos males. ¿Es que son tan perversos y canallas nuestros enemigos que me hacen tenerles tanto miedo? Miedo no, les tengo terror, terror a sus mentiras, a sus torturas morales y físicas. ¡Tengo verdadero terror al miedo que les tengo! Vuelvo a tener miedo a mi mismo miedo, porque temo, si me detienen, ser débil ante sus torturas y poder decir cosas que perjudiquen a otras personas y a la causa por la que todos luchamos. Siento lo mismo que sentí también en Valladolid aquel doce de abril, cuando me detuvieron en la calle Panaderos con José Luis Álvarez y me llevaron a las mazmorras del Gobierno civil. Quizá tenga más miedo ahora porque tengo más años y más cosas que perder. Entonces, en la inconsciencia de la juventud, no añadí a ese temor el temor de hacer sufrir a mi madre.

Pero, ¿qué hacer? ¿Ser acaso un cordero, arrodillarme y bajar la cerviz? ¡No! ¡Mil veces no! No quiero dejar de ser un hombre, perderme el respeto, mirarme al espejo y sentir asco. ¡No! Prefiero mil veces arriesgarlo todo pero seguir siendo un hombre y vivir como un hombre, con un mínimo de dignidad humana. Formaré parte de esa legión de personas que unidas por la solidaridad forman la legión del futuro. Y ser, como también dice Simone de Beauvoir, un intelectual que milita en el campo del proletariado. En mi caso no es ya solo militar en el campo del proletariado, sino militar en el campo de los que luchan por la libertad de mi patria. Lo malo es que mis dudas y temores no se quedan ahí, sino que llegan mucho más allá y dudan de muchas cosas de ese campo. Y quizá llegan a dudar de esos hombres a los que quiero ver unidos por la solidaridad. Puede ser que esté hecho un verdadero lío y no sepa ya nada de nada. Sin embargo lo que sí sé es que, con temores o sin ellos, voy a continuar haciendo lo que estoy haciendo.

Al final, hoy he terminado llorando. He sentido toda una máxima variedad de sensaciones y sentimientos, algunos de los cuales ya sentí el día de la manifestación del uno de mayo, cuando conocí a Marcos y entré en contacto con los exilados españoles. Aunque no creía que se pudiesen repetir esas sensaciones y sentimientos, la verdad es que hoy los he vuelto a sentir más intensos aún, si esto es posible: asombro, alegría, desprecio a muchas cosas que recuerdo de Madrid, ternura hacia mis hermanos del destierro por política o por hambre. No creo poderlo decir con palabras. A veces los sentimientos no se pueden reflejar con palabras

Salimos Paloma y yo con Marcos hacia el mitin de Dolores. Me emociona pensar que voy a ver a una mujer tan mítica. Si esta mañana he tenido momentos de pesadilla, de angustia, de sobresalto, de ahogo, de miedo y de miedo al miedo, esta tarde he sentido cosas mucho más claras, más dulces, más embriagadoras. He tenido momentos de paz, de sosiego y de tranquilidad. Pero, de pronto, todo mi ser ha despertado a una llamada, a una frase, a una mirada, a una bandera agitada por brazos firmes y seguros. He sentido, no sé cómo decirlo, ansia quizá, sí, puede que sea ansia. Ansia de gritar, de abrazar a aquellos hombres, de estrechar sus manos, de arrebatarles aquellas banderas rojas y republicanas y agitarlas también, fundido con aquellos cincuenta mil españoles, o quizá más, no sé. Sesenta mil, cien mil, qué más da, cientos de miles de españoles, hombres y mujeres, niños y jóvenes, viejos y viejas. Me embriagaban sus ropas, obreros endomingados con corbata, como vestidos de gala para un viaje, para un gran viaje. Y así era, porque venían de todas las ciudades de Europa, en tren, en coche, en autocar, para levantar aquí su grito de protesta y esperanza. Otros iban en mangas de camisa y algunos más en camiseta, quizá desentonando, pero en el fondo dando un toque muy popular al conjunto. He observado detenidamente sus vestidos y sus peinados y todos estaban limpios, muy limpios. Me ha llamado la atención su limpieza, no había ni uno solo desarrapado o sucio. Allí estaba el pueblo multicolor de la multicolor España: catalanes junto a castellanos, vascos junto a gallegos, andaluces junto a montañeses, asturianos, leoneses o extremeños. España representada toda por miles y miles de sus hijos con miles de banderas republicanas tricolores, catalanas, vascas, gallegas, rojas con la hoz y el martillo. Todo lleno de enseñas, estandartes, banderolas, pancartas o pañuelos sobre los hombros. Caras alegres, miradas impacientes a los relojes esperando la llegada de La Pasionaria. He oído varias veces el mismo comentario: «A las tres veremos a La Pasionaria». Sí, yo también espero ver a esa leyenda hecha historia: la gran mujer de la revolución asturiana, la diputada comunista que desenmascaró a los fascistas en las cortes republicanas, la gran entusiasta de nuestra guerra civil. En fin, la heroína de la defensa de Madrid en aquel inolvidable noviembre, una fecha para la historia del mundo. Sí, Dolores Ibárruri estará con estos miles y miles de españoles, venidos de todos los confines de Europa y de España para verla, para estar junto a ella, para escucharla, para ser testigo de su presencia, para oír de sus labios la postura y la razón del Partido Comunista en su lucha contra la dictadura. Sí, el Partido Comunista es el partido de estos miles y miles de españoles que hacen que hoy un trozo de París sea la capital de España.

Deambulo entre esta abigarrada muchedumbre tratando de captar todo lo que ven mis ojos. Quiero oír sus conversaciones, sus expresiones, fotografiarlos. Junto a mí, Paloma los va filmando con su cámara. También está emocionada, pero no creo que su emoción llegue a alcanzar la mía. Pienso en estos hombres que están vendiendo su trabajo en Europa, mejor dicho, que están malvendiendo su trabajo para que Europa sea próspera, que ahorran hasta el último franco y que malviven en barracones en los arrabales de ciudades prósperas. Todo para mandar el fruto de su sudor a sus pueblos de España, a los que algún día esperan volver y poder tener un puesto de trabajo y una vivienda, si es que no se la roba el especulador de turno. Recuerdo un artículo que he escrito y me afianzo en mis convicciones. El artículo lo he titulado “Los dineros de los emigrantes” y lo he publicado en Información española, un semanario español editado en Bruselas. En él analizaba la repercusión económica y humana de las divisas que envían a España estos trabajadores, emigrantes en Europa porque no tienen trabajo en su país y que, a mi juicio, son una de las razones fundamentales del despegue económico español.

También hemos estado con grupos de exilados políticos que nos presentan Marcos o Lina ¿Cuándo se hará la historia de los grandes movimientos migratorios de los españoles contemporáneos, exilados políticos o emigrantes laborales?

Con Marcos he visitado barracones de emigrantes en muchas ciudades de Europa, he asistido a sus centros de reunión, he escuchado a activistas del partido quejarse sobre las dificultades que tienen para acercarse a los emigrantes y hablar con ellos de política o entregarles Mundo obrero. Los trabajadores tienen miedo a represalias de los patronos europeos o de los caciques y policías españoles. Pero aquí, ante miles y miles de españoles que portan sus banderas y que proclaman sus sentimientos e ideas, me impresiona mucho más su presencia. Se me ocurre que al enano dictador de El Pardo, que ya atesora todas las condecoraciones posibles e imposibles, le falta una, quizá la única bien merecida, la de gran maestre de la emigración. ¿Quién mejor que él para aspirar a este triste, sucio y miserable título? ¿Quién mejor que él, que tiene todas las distinciones y ninguna tan merecida como esta, para recibir esta gran placa o medalla o collar? ¿Acaso no fue él el artífice de la emigración de miles y miles de españoles en 1939? ¿Acaso no fue él el componedor con Hitler de la explotación de miles de obreros españoles que salieron para trabajar en la Alemania nazi en trenes de mercancías, en aquellos vagones que de niño vi pasar por las vías que quedaban frente a la casa de mis abuelos en Valladolid? ¿Cuántos de esos obreros no volvieron a España, cuántos murieron bajo las bombas de la aviación aliada? ¿Cuántos de esos obreros no terminaron en los campos de concentración de Auschwitz? ¿Cuántos de esos obreros no terminaron en el maquis luchando contra los nazis, continuando un capítulo más de nuestra guerra civil? ¿Acaso no son él y sus ministros los que mandan ahora a los obreros parados en España a trabajar en las industrias y los campos de Europa para recibir y especular con sus divisas?

Aquí, en los jardines de Montreuil, están esos obreros, esos emigrantes y exilados, esos españoles. ¡Solo faltas tú, dictador, para recibir de sus manos la gran medalla del desprecio de los hombres que tuvieron que marcharse! Y aquí hemos estado Paloma y yo. Dos españoles más.

Al fin fueron apareciendo en el estrado diversos personajes. A algunos no los conocía. Apareció Santiago Carrillo entre aplausos. De repente los aplausos dejaron de ser aplausos para convertirse en una tormenta de vítores y gritos. Dolores había subido al estrado, vestida de negro, sonriendo, y saludando con la mano. A mí me faltó aire para respirar cuando vi el tremolar de las banderas y el entusiasmo indescriptible de tantos miles de españoles. No pude más, se me saltaron las lágrimas que estaba queriendo contener y rompí a llorar como si diese salida a una necesidad biológica para no estallar.

Allí lloré de sentimiento, de alegría, de esperanza, y lloré también de vergüenza, de remordimiento. De vergüenza y remordimiento por haber sustraído un sólo segundo de mi vida a la lucha por la liberación de mi patria, para abrir sus puertas a estos hombres. Yo me prometí y les prometí y os prometo ahora, hermanos errantes, obreros españoles, perseguidos españoles, presos españoles, obreros en paro de España, niños españoles de chabolas sin escuelas, yo os prometo que todos los días de mi vida pensaré en vosotros y lucharé por vosotros. Porque si no lo hago, ya el pan no me sabrá a pan, ni el vino a vino, ni el amor de la mujer será amor. Ni tampoco dormiré tranquilo si no cumplo lo que os prometo, camaradas. ¿Puedo llamaros camaradas? Tengo que merecer la aurora, el alba de esa España que vosotros, solamente vosotros, representáis con dignidad y con orgullo. Dolores, tu dijiste que solo oigamos la voz de nuestra conciencia. Esta es la voz de mi conciencia: poner mi vida entera junto a tu pueblo, que es también el mío, y sufrir con él y pasar su hambre, y sentir en mi cuerpo sus lacerantes heridas para que, como tú dijiste, al menos se pueda decir que soy un hombre.

Allí sentí desprecio de mí mismo por haber dudado de cuál era mi deber, encubriendo así miedos y temores. No, no es momento de duda, de titubeos, de dejarse llevar por egoísmos o conveniencias. La cosa está clara: o con el pueblo de España o contra España. Y yo, amigo Carrillo y admirada Dolores, yo no volveré a dudar y estaré siempre junto a la causa de mi pueblo, que hoy vosotros representáis como líderes de su lucha por la libertad.

Nuevamente comparo la emoción de este día de junio con aquel primero de mayo, con aquella manifestación que cambió el ritmo de mi vida, cuando decidí empezar a colaborar con el CISE para mitigar el sufrimiento de las víctimas de la represión franquista, y con el Partido Comunista para luchar por la libertad de España. Una lucha que, bajo ningún concepto, quiere decir provocar en España otra guerra civil. ¡No, mil veces no! ¡Ya ha corrido en España demasiada sangre! ¡Que no corra ni una gota más! Ni el Partido Comunista ni yo, ni tampoco el pueblo español lo quieren. Conozco a muchos españoles de derechas, franquistas o no, y estoy seguro de que ninguno de los que conozco tampoco quiere que corra más sangre. Puede que algún loco o fanático lo desee, pero haremos todo lo necesario para que no ocurra de nuevo. Repito: ¡ya ha corrido bastante sangre!

Recuerdo un pasaje de Abel Martín, de Machado, en que un alumno dice: «Ya es hora que se arreglen los problemas de España». Eso lo escribió Machado en 1922 y hoy, en 1971, siguen sin haberse arreglado los problemas de España.