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[FRP] el rabo del perro de Alcibíades


¿Por qué los perros de los políticos no tienen rabo?

La respuesta parece obvia: porque se lo han cortado. Otra cosa es la razón por la que se lo cortan.
Para explicarlo nos vamos a remontar a la Grecia Clásica, en tiempos del general ateniense Alcibíades (450 a. C.–404 a. C). Además de un gran militar – llegó a luchar con los ejércitos de Atenas, Esparta, Persia y, de nuevo, Atenas – fue un gran estadista y orador, puede que herencia de su abuelo Pericles.


Alcibíades tenía un gran defecto, o virtud dirían otros, su capacidad para granjearse poderosos enemigos. Éstos aprovechaban cualquier nimiedad para atacarle, como ocurrió en una ocasión en la que le cortó el rabo a su perro. Sus amigos, que también los tenía, le reprocharon su actitud, ya que él mismo "echaba más leña al fuego".
La respuesta del general:

Eso es lo que yo me proponía. Mientras los atenienses se entretengan con el rabo del perro, me dejarán en paz y no harán averiguaciones sobre otras acciones mías.
Hoy en día la expresión "el rabo del perro de Alcibíades" ha quedado como frase para designar las cosas que hacen o dicen los personajes públicos para distraer la atención y evitar que se hable de cosas más importantes o comprometedoras para ellos.
Fuente: Las anécdotas de la política – Luis Carandell
¿Por qué los perros de los políticos no tienen rabo? escrito por Javier Sanz en: Historias de la Historia


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Publicado por VRedondoF para FRP el 8/30/2010 06:51:00 PM
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[CyP] El suicida- (Enrique Anderson Imbert)


[Cuento. Texto completo]Enrique Anderson Imbert
Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revolver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
FIN


Enrique Anderson Imbert - Wikipedia, la enciclopedia libre

Enrique Anderson Imbert (Córdoba (Argentina), 12 de febrero de 1910 - Buenos Aires, 6 de diciembre de 2000). Escritor, ensayista y profesor universitario ...
es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Anderson_Imbert - En caché - Similares

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Publicado por VRedondoF para CyP el 8/29/2010 09:52:00 AM
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[CyP] Acepta…



Es la cosecha que recibes de tu pasado.

Todo lo que te sucede, procede de ti.

No culpes a nada, ni a nadie de lo que te sucede.

Toma la responsabilidad de tu vida.

De lo malo que te suceda, aprende y busca su lección.

Así le extraes su enseñanza y lo transformas en algo positivo.

A veces el precio del conocimiento y la experiencia es muy alto.

Siembra hoy, lo que quieras cosechar mañana.

Para cambiar tu futuro, cambia tus actitudes y creencias.

Tu futuro depende de ti.

Tu forma de ser, atrae el tipo de vida que llevas.

Si no te gusta tu tipo de vida, cambia tu forma de ser.

Concéntrate sólo en lo que quieres y deseas.

Desecha, olvida y no pienses en lo que no quieres.

Ten pocos deseos.

No te apegues a nada, ni a nadie.

Lucha por lo que quieres, pero acepta el resultado.

Da siempre y desinteresadamente lo mejor de ti.

Sé un canal abierto al servicio de los demás.

Fluye y déjate guiar

(autor desconocido)



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Publicado por VRedondoF para CyP el 8/28/2010 08:49:00 AM
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[CyP] LOS JUGADORES -Vital Aza (1851-1911)



LOS JUGADORES


Era Vicente hombre rico,
en el juego se envició
y en dos años se quedó
sin un cuarto el pobre chico.

Hoy, mísero y andrajoso,
llora sus faltas Vicente,
y al verle, dice la gente:
–¡Qué perdido! ¡Qué vicioso!



En cambio, el banquero Ponte,
nacido en modesta cuna,
adquirió su gran fortuna
en la ruleta y el 
monte.
Hoy derrocha y se divierte;
la atención de todos llama,
y al verle, la gente exclama:
–¡Es millonario! ¡Qué suerte!



Con esto el mundo ha probado
que en el juego, siempre odioso,
sólo el que pierde es vicioso,
y el que gana, afortunado.



Vital Aza (1851-1911)





Vital Aza - Wikipedia, la enciclopedia libre


Vital Aza Álvarez-Buylla (Pola de Lena, Asturias, 28 de abril de 1851 - Madrid, 13 de diciembre de 1912), escritor, comediógrafo y humorista español. ...
es.wikipedia.org/wiki/Vital_Aza - En caché - Similares


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Publicado por VRedondoF para CyP el 8/27/2010 08:50:00 AM
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[FRP] Falsas definiciones



Una falsa definición es aquella que se inventa para una palabra, buscando la comicidad.


Año luz: Suma anual de las facturas de la compañía de suministro eléctrico.


Avaro: Persona que tiene todas las preocupaciones del rico y todas las privaciones del pobre.


Banco: Lugar donde se sienta la gente adinerada.


Botón: Bota grandiosa.


Cerillas: Una de las pocas cosas que se han hecho con cabeza.


Crucero: Fabricante de cruces.


Diligente: El conductor de una diligencia, cuando conduce eficazmente.


Educación: Enseñanza que reciben los duques.


Hombre de éxito: Se dice de aquél que gana más dinero del que su esposa puede gastar.


Menosprecio: Precio de rebajas.


Morcilla: Chorizo de luto riguroso.


Pereza: Arte de descansar antes de cansarse


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Publicado por VRedondoF para FRP el 8/26/2010 10:34:00 AM
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[CyP] El triple filtro




Sócrates fue un famoso filósofo y sabio de la antigua Grecia. Es a él a quién se atribuye esta anécdota llena de sentido común y de respeto hacia los demás. No por conocido es menos práctico y útil.

Un día un conocido se encontró con con el filósofo y le dijo:
-Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?
- Espera un minuto, replicó Sócrates.
Antes de decirme nada, quisiera que pasaras un pequeño examen.
Yo lo llamo el examen del triple filtro.
- Triple filtro? , preguntó el otro .
- Correcto, continúo Sócrates.

Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir.
Es por eso que lo llamo el "Examen del triple filtro"
... El primer filtro es la 
VERDAD.

¿estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto ?

_ No, dijo el hombre, realmente sólo escuche sobre eso y ...
_ Bien, dijo Sócrates, entonces realmente no sabes si es cierto ó no.

Ahora permiteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la 
BONDAD.

Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo ?
_ No, por el contrario …
_ Entonces, deseas decirme algo malo de él, pero no estás seguro que sea cierto.
Pero aún podría querer escucharlo porque queda un filtro, el filtro de la 
UTILIDAD.

Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo ?
- No, la verdad que no.
Bien, concluyó Sócrates. Si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno e incluso no me es útil, ... para que querría yo saberlo ?
Situaciones como estas se nos presentan frecuentemente en nuestra convivencia. De hecho se lo escuche a una amiga hablando de otra y sin buscarlo me vino a la cabeza esta enseñanza del sabio Sócrates.
Sería conveniente el acordarnos de este triple filtro cada vez que oigamos comentarios sobre alguno de nuestros amigos y vecinos cercanos. Siempre que oigamos criticar en general, podríamos pensar que muchos de los comentarios y críticas suelen tener poco o ningún fundamento pero se lleva hablar mal de los demás.
"Difama que algo queda"
Que no seamos nosotros los que difundamos chismes y rumores que terminan minando la autoestima de nuestros semejantes.


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Publicado por VRedondoF para CyP el 8/26/2010 08:08:00 AM
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[FRP] No es lo mismo



Me he parado a pensar en aquellos términos que inconscientemente equivocamos o que conscientemente manoseamos. Ya decía Pedro Ruiz: "Tengan cuidado con las palabras. Cuando las dicen, cuando las escuchan, cuando las leen". 

Ahí van unos conceptos que a menudo se equivocan y que no es lo mismo uno que otro:


Profesor que maestro.
Enseñar que formar.
Estudiar que aprender.


Jefe que líder.
Mandar que dirigir.


Grupo que equipo.


Edad que experiencia.
Juventud que joven.
Vejez que viejo.


Sólo que soledad.


Conocer que saber.


Tener que ser.

Oír que escuchar.

Hablar que comunicar.
Callar que no comunicar.



Prisa que rapidez.


Dinero que rico.
Sabio que pobre.


Interesante que importante.


Conocido que reconocido.
Fama que reconocimiento.


Éxito que riqueza.


Tiempo que minutos.


Conciliación que ocio.


Trabajo que esclavitud.


Juez que justicia.


Política que democracia.


Estar que presente.

Faltar que ausente.

Seguro que sin riesgo.


Parado que vago.
Empleado que trabajador.


Matrimonio que pareja.


Estar cerca que ser cercano.


Hacer un viaje que viajar.
...

Seguro que hay muchas otras. Deja la tuya.

* A partir de hoy cada post finalizará con una canción. Para inaugurar esta sección, dejo Downtown, de Petula Clark.


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Publicado por VRedondoF para FRP el 8/25/2010 10:51:00 AM
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[CyP] Las cuatro estaciones…



Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos.

El honbre buscaba que ellos aprendieran a no juzgar las cosas tan rápidamente; entonces los envió a cada uno por turnos a visitar un peral que estaba a una gran distancia.

El primer hijo fue en el invierno, el segundo en la primavera, el tercero en el verano y el hijo más joven en el otoño.

Cuando todos ellos habían ido y regresado; su padre los llamó, y juntos les pidió que describieran lo que habían visto.

El primer hijo mencionó que el árbol era horrible, doblado y retorcido.

El segundo dijo que no, que estaba cubierto  con brotes verdes y lleno de promesas.

El tercer hijo no estuvo de acuerdo, dijo que estaba cargado de flores, que tenia aroma muy dulce y se veía muy hermoso, era la cosa más llena de gracia que jamás había visto.

El último de los hijos no estuvo de acuerdo con ninguno de ellos, y dijo que el peral estaba maduro y marchitándose de tanto fruto, lleno de vida y satisfacción.

Entonces el hombre les explicó a sus hijos que todos tenían razón, porque ellos solo habían visto una de las estaciones de la vida del árbol.

Les dijo a todos que no deben de juzgar a un árbol, o a una persona, solo por ver una de sus temporadas, y que la esencia de lo que son, el placer, regocijo y amor que viene con la vida puede ser solo medida al final, cuando todas las estaciones ya han pasado.

Si tú te das por vencido en el invierno, habrás perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano, y la satisfacción  del otoño.

No dejes que el dolor de una estación destruya la dicha del resto.

No juzgues la vida solo por una estación difícil.

Aguanta con valor las dificultades y las malas rachas, porque luego disfrutarás de los buenos tiempos.

Sólo el que persevera encuentra un mañana mejor.


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Publicado por VRedondoF para CyP el 8/22/2010 01:11:00 PM
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[FRP] Éstas son lentejas



¿Sabías por qué decimos ÉSTAS SON LENTEJAS cuando alguien se enfrenta a una situación que no le agrada sin disponer de alternativa?


Quizá sea más conocida la expresión completa, que dice así: Éstas son lentejas, si quieres las tomas y si no las dejas.
La locución rubrica un hecho consumado ante el que hay que resignarse. No hay posibilidad de elección, no hay posibilidad de rectificación. O se toma tal cual o no se toma.
Tiene su origen en una zarzuela en la que la protagonista, en un arranque feminista, le dice a su marido tal expresión:


Hoy al mediodía
le puse lentejas
y al ver que fruncía
y arqueaba las cejas
le dije burlona:
Éstas son lentejas,
si quieres las tomas
y si no las dejas
.



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Publicado por VRedondoF para FRP el 8/21/2010 08:26:00 AM
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[FRP] «Hacer la trece-catorce»



«Hacer la trece-catorce», la aportación del sector mecánico al refranero español

El caso es que la broma debió de extenderse por talleres, fábricas y, en general, todos los locales en los que se usa tal herramienta. De ahí, saltó por ósmosis a la sociedad en general, pues no hay que olvidar que los mecánicos son un activo grupo social, aunque a veces la expresión desvirtuada con guarismos impropios (el que suscribe conoció la expresión «hacer el tres quince»). Gracias a este feliz contagio, el castellano dispone de una expresión para definir hacer una jugarreta.
En 1de3, donde explican todo esto sin tanta prosopeya, también rescatan otra frase surgida de las llaves de tuercas: «perderse más que la 10-11« , por ser ésta llave -real y genuina- la más usada en los coches y, por tanto, más proclive a acabar en el foso del taller o cualquier otro escondrijo.


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Publicado por VRedondoF para FRP el 8/19/2010 11:24:00 AM
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[CyP] Luces antiguas de Algernon Blackwood




Luces antiguas
[Cuento. Texto completo]Algernon Blackwood



Desde Southwater, donde se apeó del tren, el camino iba derecho hacia poniente. Eso lo sabía; por lo demás, confiaba en la suerte, ya que era uno de esos andariegos impenitentes a los que no les gusta preguntar. Tenía ese instinto, y generalmente le funcionaba bastante bien. «Una milla o así en dirección oeste por el camino arenoso, hasta llegar a un paso de cerca a la derecha; desde ahí cruza a campo traviesa. Verá el edificio rojo justo delante de usted.» Echó una mirada, otra vez, a las instrucciones de la postal, y otra vez trató de descifrar la frase borrada..., en vano. Había sido tachada con tanto cuidado que no quedaba una sola palabra legible. Las frases tachadas en una carta son siempre fascinantes. Se preguntó qué sería lo que había tenido que borrar con tanto cuidado.
La tarde era tormentosa, con un ventarrón que venía aullando del mar y barría los bosques de Sussex. Unas nubes pesadas, de bordes redondos y apelmazados, entrechocaban en los espacios abiertos del cielo azul. A lo lejos, la línea de lomas recorría el horizonte como una ola inminente. Chanctonbury Ring parecía surcar su cresta como un barco veloz con el casco inclinado por el viento de popa. Se quitó el sombrero y avivó el paso, aspirando con placer y satisfacción grandes bocanadas de aire. El camino estaba desierto: no se veían bicicletas, automóviles, o caballos; ni siquiera un carro de mercancías o un simple viandante. De todos modos, no habría preguntado el camino. Con la mirada atenta a la aparición del paso de cerca, caminaba pesadamente, mientras el viento le sacudía la capa contra la cara y rizaba los charcos azules del camino amarillento. Los árboles mostraban el blanco envés de sus hojas. Los helechos, la yerba nueva y alta, se inclinaban en una única dirección. El día estaba lleno de vida, y había animación y movimiento en todas partes. Y para un agrimensor de Croydon recién llegado de su oficina, esto era como unas vacaciones en el mar.
Era un día de aventuras, y su corazón se elevaba para unirse al talante de la Naturaleza. Su paraguas con aro de plata debía haber sido una espada; y sus zapatos marrones, botas altas con espuelas en los talones. ¿Dónde se ocultaba el Castillo encantado y la Princesa de cabellos dorados como el sol? Su caballo...
De repente apareció a la vista el paso de cerca, y se frustró la aventura en embrión. Otra vez volvió a aprisionarle su ropa de diario. Era agrimensor, de edad madura, con un sueldo de tres libras a la semana, y venía de Croydon a estudiar los cambios que un cliente pensaba hacer en un bosque..., algo que proporcionase una mejor vista desde la ventana de su comedor. Al otro lado del campo, a una milla de distancia quizá, vio centellear al sol el rojo edificio, y mientras descansaba un instante en el paso de cerca para recobrar aliento, se puso a observar un bosquecillo de robles y abedules que quedaba a su derecha. «¡Ajá! -se dijo-; así que ésta debe de ser la arboleda que quiere talar para mejorar la perspectiva, ¿eh? Vamos a echarle una ojeada.» Había una valla, desde luego; pero tenía también un sendero tentador. «No soy un intruso -se dijo-: esto forma parte de mi trabajo.» Saltó dificultosamente por encima de la portilla y se internó entre los árboles. Una pequeña vuelta le llevaría al campo otra vez.
Pero en el instante en que cruzó los primeros árboles dejó de aullar el viento y una quietud se apoderó del mundo. Tan espesa era la vegetación que el sol penetraba sólo en forma de manchas aisladas. El aire era pesado. Se enjugó la frente y se puso su sombrero de fieltro verde; pero una rama baja se lo volvió a quitar en seguida de un golpe; y al inclinarse, se enderezó una cimbreante ramita que había doblado y le dio en la cara. Había flores a ambos bordes del pequeño sendero; de vez en cuando se abría un claro a uno u otro lado; los helechos se curvaban en los rincones húmedos, y era dulce y rico el olor a tierra y a follaje. Hacía más fresco aquí. «Qué bosquecillo más encantador», pensó, bajando hacia un pequeño calvero donde el sol aleteaba como una multitud de mariposas plateadas. ¡Cómo danzaba y palpitaba y revoloteaba! Se puso una flor azul oscuro en el ojal. Nuevamente, al incorporarse, le quitó el sombrero de un golpe una rama de roble, derribándoselo por delante de los ojos. Esta vez no se lo volvió a poner. Balanceando el paraguas, prosiguió su camino con la cabeza descubierta, silbando sonoramente. Pero el espesor de los árboles animaba poco a silbar; y parecieron enfriarse algo su alegría y su ánimo. De repente, se dio cuenta de que caminaba con cautela. La quietud del bosque era de lo más singular.
Hubo un susurro entre los helechos y las hojas; algo saltó de repente al sendero, a unas diez yardas de él, se detuvo un instante, irguiendo la cabeza ladeada para mirar, y luego se zambulló otra vez en la maleza a la velocidad de una sombra. Se sobresaltó como un niño miedoso, y un segundo después se rió de que un mero faisán lo hubiese asustado. Oyó un traqueteo de ruedas a lo lejos, en el camino; y, sin saber por qué, le resultó grato ese ruido. «El carro del viejo carnicero», se dijo... Entonces se dio cuenta de que iba en dirección equivocada y que, no sabía cómo, había dado media vuelta. Porque el camino debía quedar detrás de él, no delante.
Conque se metió apresuradamente por otro estrecho claro que se perdía en el verdor que tenía a su derecha. «Esta es la dirección, por supuesto -se dijo-; me han debido de despistar los árboles...» y de repente descubrió que estaba junto a la portilla que había saltado para entrar. Había estado andando en círculo. La sorpresa, aquí, se convirtió casi en desconcierto: vio a un hombre vestido de verde pardo como los guardabosques, apoyado en la valla, dándose pequeños azotes en la pierna con una fusta. «Voy a casa del señor Lumley -explicó el caminante-. Este es su bosque, creo...», calló de repente; porque allí no había hombre alguno, sino que era un mero efecto de luz y sombra en el follaje. Retrocedió para reconstruir la singular ilusión, pero el viento agitaba demasiado las ramas aquí, en la linde del bosque, y el follaje se negó a repetir la imagen. Las hojas susurraron de un modo extraño. En ese preciso momento se ocultó el sol tras una nube, haciendo que el bosque adquiriese un aspecto diferente. Y entonces se puso de manifiesto con cuánta facilidad puede sufrir engaño la mente humana; porque casi le pareció que el hombre le contestaba, le hablaba -¿o fue el rumor de las ramas al restregar unas con otras?-; y que señalaba con la fusta un letrero clavado en el árbol más cercano. Aún le sonaban en el cerebro sus palabras; aunque, por supuesto, todo eran figuraciones suyas: «No, este bosque no es suyo. Es nuestro». Y además, algún gracioso del pueblo había cambiado el texto de la deteriorada tabla; porque ahora ponía con toda claridad: «Prohibido el paso».
Y mientras el asombrado agrimensor leía el letrero, y dejaba escapar una risita, se dijo, pensando en la historia que iba a contar más tarde a su mujer y sus hijos: «Este condenado bosquecillo ha intentado echarme. Pero voy a entrar otra vez. En realidad, ocupa un acre como máximo. No tengo más remedio que salir a campo abierto por el lado opuesto si sigo en línea recta». Recordó su posición en la oficina. Tenía cierta dignidad que conservar.
La nube se apartó de delante del sol, y la luz salpicó de repente toda clase de lugares insospechados. Él, entretanto, seguía caminando en línea recta. Sentía una especie de rara turbación: esta forma en que los árboles cambiaban las luces en sombras le confundía evidentemente la vista. Para su alivio, surgió al fin un nuevo claro entre los árboles, revelándole el campo, y divisó el edificio rojo a lo lejos, al otro extremo. Pero tenía que saltar primero una pequeña portilla que había en el camino; y al trepar trabajosamente a ella -dado que no quiso abrirse-, tuvo la asombrosa sensación de que, debido a su peso, se desplazaba lateralmente en dirección al bosque. Al igual que las escaleras mecánicas de Harrod's y Earl's Court, empezó a deslizarse con él. Era horrible. Hizo un esfuerzo ímprobo para saltar, antes de que le internase en los árboles; pero se le enredó el pie entre los barrotes y el paraguas, con tal fortuna que cayó al otro lado con los brazos abiertos, en medio de la maleza y las ortigas, y los zapatos trabados entre los dos primeros palos. Se quedó un momento en la postura de un crucificado boca abajo, y mientras forcejeaba para desembarazarse -los pies, los barrotes y el paraguas formaban una verdadera maraña-, vio pasar por el bosque, a toda prisa, al hombrecillo de verde pardo. Iba riendo. Cruzó el claro, a unas cincuenta yardas de él; esta vez no estaba solo. A su lado iba un compañero igual que él. El agrimensor, nuevamente de pie, los vio desaparecer en la penumbra verdosa. «Son vagabundos, no guardabosques», se dijo, medio mortificado, medio furioso. Pero el corazón le latía terriblemente, y no se atrevió a expresar todo lo que pensaba.
Examinó la portilla, convencido de que tenía algún truco; a continuación volvió a encaramarse a ella a toda prisa, sumamente desasosegado al ver que el claro ya no se abría hacia el campo, sino que torcía a la derecha. ¿Qué demonios le ocurría? No andaba tan mal de la vista. De nuevo asomó el sol de repente con todo su esplendor, y sembró el suelo del bosque de charcos plateados; y en ese mismo instante cruzó aullando una furiosa ráfaga de viento. Empezaron a caer gotas en todas partes, sobre las hojas, produciendo un golpeteo como de multitud de pisadas. El bosquecillo entero se estremeció y comenzó a agitarse.
«¡Válgame Dios, ahora se pone a llover!», pensó el agrimensor; y al ir a echar mano del paraguas, descubrió que lo había perdido. Volvió a la portilla y vio que se le había caído al otro lado. Para su asombro, descubrió el campo al otro extremo del claro, y también la casa roja, iluminada por el sol del atardecer. Se echó a reír, entonces; porque, naturalmente, en su forcejeo con los barrotes se había dado la vuelta, había caído hacia atrás y no hacia adelante. Saltó la portilla, con toda facilidad esta vez, y desanduvo sus pasos. Descubrió que el paraguas había perdido su aro de plata. Seguramente se le había enganchado en un pie, un clavo o lo que fuera, y lo había arrancado. El agrimensor echó a correr: estaba tremendamente nervioso.
Pero mientras corría, el bosque entero corría con él, en torno a él, de un lado para otro, desplazándose los árboles como si fuesen semovientes, plegando y desplegando las hojas, agitando sus troncos adelante y atrás, descubriendo espacios vacíos sus ramas enormes, y volviéndolos a ocultar antes de que él pudiese verlos con claridad. Había ruido de pisadas por todas panes, y risas, y voces que gritaban, y una multitud de figuras congregadas a su espalda, al extremo de que el claro hervía de movimiento y de vida. Naturalmente, era el viento, que producía en sus oídos el efecto de voces y risas, en tanto el sol y las nubes, al sumir el bosque alternativamente en sombras y en cegadora luz, generaban figuras. Pero no le gustaba todo esto, y echó a correr todo lo deprisa que sus vigorosas piernas lo podían llevar. Ahora estaba asustado. Ya no le parecía un percance apropiado para contarlo a su mujer y sus hijos. Corría como el viento. Sin embargo, sus pies no hacían ruido en la yerba blanda y musgosa.
Entonces, para su horror, vio que el claro se iba estrechando, que lo invadían la maleza y las ortigas, reduciéndolo a un sendero minúsculo, y que terminaba unas veinte yardas más allá, y desaparecía entre los árboles. Lo que no había logrado la portilla, lo había conseguido con facilidad este complicado claro: meterlo materialmente en la espesa muchedumbre de árboles.
Sólo cabía hacer una cosa: dar media vuelta y regresar de nuevo, correr con todas sus fuerzas hacia la vida que venía a su espalda, que lo seguía tan de cerca que casi lo tocaba y lo empujaba. Y eso fue lo que hizo con atropellada valentía. Parecía una temeridad. Se volvió con una especie de salto violento, la cabeza baja, los hombros sacados y las manos extendidas delante de la cara. Se lanzó: embistió como un ser acosado en dirección opuesta, por lo que ahora el viento le dio de cara.
¡Dios mío! El claro que había dejado atrás se había cerrado también: no había sendero ninguno. Se dio la vuelta otra vez como un animal acorralado, buscó con los ojos una salida, un modo de escapar; buscó frenético, jadeante, aterrado hasta el tuétano. Pero el follaje lo envolvía, las ramas le obstruían el paso; los árboles estaban ahora inmóviles y juntos: no los agitaba el más leve soplo de aire; y el sol, en ese instante, se ocultó tras una gran nube negra. El bosque entero se volvió oscuro y silencioso. Lo observó.
Quizá fue este efecto final de súbita negrura lo que lo impulsó a actuar de manera insensata, como si hubiese perdido el juicio. El caso es que, sin pararse a pensar, se lanzó otra vez hacia los árboles. Tuvo la impresión de que lo rodeaban y lo sujetaban de manera asfixiante, y pensó que debía escapar a toda costa... escapar, huir a la libertad del campo y el aire libre. Fue una reacción instintiva; y al parecer, embistió contra un roble que se había situado deliberadamente en el centro del sendero para detenerlo. Lo había visto desplazarse lo menos una yarda; siendo como era un profesional de la medición, acostumbrado al uso del teodolito y la cadena, tenía experiencia para saberlo. Cayó, vio las estrellas, y sintió que mil dedos minúsculos tiraban de sus manos y sus tobillos y su cuello. Sin duda se debía al picor de las ortigas. Es lo que pensó más tarde. En ese momento le pareció diabólicamente intencionado.
Pero hubo otra ilusión extraordinaria para la que no encontró tan fácil explicación. Porque un instante después, al parecer, el bosque entero desfilaba ante él con un profundo susurro de hojas y risas, de miles de pies y de pequeñas, inquietas figuras; dos hombres vestidos de verde pardo lo sacudieron enérgicamente..., y abrió los ojos para descubrir que yacía en el prado junto al paso de cerca donde había comenzado su increíble aventura. El bosque estaba en su sitio de siempre, y lo contemplaba al sol. Encima de él sonreía burlón el deteriorado letrero: «Prohibido el paso».
Con la mente y el cuerpo trastornados, y bastante alterada su alma de empleado, el agrimensor echó a andar despacio a campo traviesa. Mientras caminaba, volvió a consultar las instrucciones de la tarjeta postal, y descubrió con estupor que podía leer la frase borrada pese a las tachaduras trazadas sobre ella: «Hay un atajo que cruza el bosquecillo (el que quiero talar), si lo prefiere». Aunque las tachaduras sobre «si lo prefiere» hacían que pareciese otra cosa: parecía decir, extrañamente, «si se atreve».
-Ese es el bosquecillo que impide la vista de las lomas -explicó después su cliente, señalándolo desde el otro extremo del campo, y consultando el plano que tenía junto a él-. Quiero talarlo, y que se haga un camino así y así -indicó la dirección en el plano, con el dedo-. El Bosque Encantado lo llaman aún; es muchísimo más antiguo que esta casa. Vamos, señor Thomas; si está usted dispuesto, podemos ir a echarle una mirada...
FIN

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Algernon Blackwood - Wikipedia, la enciclopedia libre

Algernon Henry Blackwood (14 de marzo de 1869 – 10 de diciembre de 1951) fue un escritor inglés de relatos fantásticos. ...
es.wikipedia.org/wiki/Algernon_Blackwood - En caché - Similares


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Publicado por VRedondoF para CyP el 8/18/2010 08:23:00 AM
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