Nota de VRedondoF : El tema de las EXCUSAS / DISCULPAS , es tan utilizado que en mi vida profesional , acabe "INVENTANDO" esta frase magistral
"Si no te gusta que te den RESPUESTA ,
date SOLUCIONES" (VredondoF).
en mi frase magistral cambie la palabra EXCUSAS / DISCULPA por la palabra , respuesta , ya que para mi la palabra RESPUESTA recoge un mayor abanico de tacticas que se apartan del verdadero OBJETIVO de una gestion .... que yo DENOMINO SOLUCION.
Mas adelante , un dia mi hijo Boris , me enseño un dicho que yo no sabia que es :
"Cuando SE INVENTO LA DISCULPA SE ACABO CON EL ERROR"(anonimo) .
Y en cuanto a que el autor del articulo pregunta:
"¿Tienes alguna mas ? ",
tenfgo que decir que "una figura" que yo utilizaba en alguna ocasion .. (que me tenia que tomar a cachondeo alguan disculpa ) , el decir ...
¡¡ Hombre ... te felicito por la originalidad !!! ,
incorporo tu respuesta a mi listado de DISCULPAS ... esta es la nº 162.
Frank Banks decía: "Si quiere hacer algo, encontrará la forma; si no quiere, encontrará una excusa". Más claro el agua. Ya bromeaba el grupo cómico argentino Les Luthiers que "errar es humano pero echar la culpa es más humano todavía". Siempre es posible sacudirse responsabilidades para no entonar el mea culpa, y en eso los humanos somos auténticos especialistas. Las excusas según el momento y la situación pueden ser de lo más variadas: con las parejas, con los amigos, con los jefes... ¿Se acuerdan del vídeo "Excuses booths to taste Andes beer" (Cabina de excusas para beber cerveza). Vuelva a verlo, merece la pena. Allí se dice: "A los hombres les encanta salir a tomar cerveza con los amigos". ¿Cuál es el problema? Las novias. ¿Qué hacer? Mire el vídeo-anuncio.
Hoy, sin embargo, el tema de las excusas se centra en aquellos argumentos más frecuentes que se dan la oficina para salir airoso del algún asunto:
1. Siempre se ha hecho así.
2. No sabía que lo necesitara con urgencia.
3. Nadie me dijo que lo hiciera.
4. Estaba esperando su permiso.
5. ¿Cómo iba a saber que esto era diferente?
6. Éste es su trabajo no el mío.
7. Espera hasta que vuelva el jefe y pregúntale.
8. No hemos cometido muchos errores.
9. No creía que fuera tan importante.
10. Estoy tan ocupado que no puedo dedicarle ni un minuto. 11. Creía que te lo había dicho.
El escritor peruano ha desvelado en múltiples conferencias y libros el proceso creativo de cómo afronta la escritura de una novela, descúbrelos.
Es seguro que, cuando Mario Vargas Llosa pronuncie el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2010 el próximo 10 de diciembre en Oslo, descubra al mundo entero un secreto: el proceso creativo de cómo afronta la escritura de una novela, género que más ha prodigado, junto con el ensayo, el teatro y el periodismo.
Sin embargo, éste es un secreto a voces que ya comparten muchos lectores españoles y latinoamericanos, dado que el escritor peruano acostumbra a desvelarlo directamente en múltiples conferencias e indirectamente en libros de ensayo de narratología ("Cartas a un joven novelista", por citar uno en concreto).
Aunque Vargas Llosa confesó recientemente que aún desconoce el contenido de su discurso del Nobel, es ya casi una tradición que sus palabras, como otros galardonados, versen no sólo sobre su biografía como escritor y lector, sino también sobre sus autores de cabecera, sus rituales, su manera de entender la literatura, la génesis de sus obras: ¡cómo demonios pare un libro!, en definitiva.
"Los escritores son distintos; y lo son por diferentes razones, entre otras por la manera por la que escriben, por las fuentes de su inspiración, por sus métodos de trabajo, por sus filias y por sus fobias secretas", dijo Vargas Llosa en una conferencia impartida en la Fundación March de Madrid, allá por 2007.
Escribir cada día
No en vano, hace un año y medio, en la presentación en Casa de América de su libro de ensayo "El viaje a la ficción - El mundo de Juan Carlos Onetti", el autor rememoró aquella conversación en San Francisco con el escritor uruguayo. En ella, Onetti sintió estupor cuando Llosa le confesó que escribía con un horario, cada día, bajo una estricta disciplina, como "un oficinista. En cambio, Onetti era caótico en su escritura, anotaba y desordenaba notas sueltas, escribía cuando le venía la necesidad.
Así, Llosa recuerda la célebre frase de su colega uruguayo, aquélla en que Onetti mencionaba que Vargas Llosa tenía una relación marital con la literatura, mientras que, para Onetti, que escribía por impulso o a ráfagas, ese vínculo creativo era más un vínculo adúltero.
La elección del tema
"Los temas siempre se me han impuesto a partir de ciertas experiencias vividas. Todas las historias que he escrito, desde que era adolescente, han nacido de algo que hice, que vi, que oí o que leí; y ello me deja unas imágenes en la memoria que generan un fantaseo, el embrión de una historia. Al principio, no sé si ese boceto prosperará", ha explicado Llosa.
La semilla de una novela
Si a lo largo de semanas, esa vaga semilla germina, Vargas Llosa toma notas, fichas, apuntes, que le tracen las trayectorias hacia el esquema casi definitivo. Es entonces cuando fija desde dónde parte el personaje y hacia dónde avanza la acción.
Llosa configura así el esqueleto de una historia, hecho que le retrasa apenas unas semanas ("La casa verde"; y "Pantaleón y las visitadoras", por ejemplo), meses, años, incluso décadas ("El guerra del fin del mundo"), como él mismo ha mencionado en sus intervenciones públicas. Una vez metido en la rutina de "la escritura por la escritura", el autor de "Confesiones en la catedral" ha desvelado que continúa su viaje creativo mediante otro proceso inevitable para él.
Documentar un mundo de ficción
"La documentación es fundamental, pero no con la objetividad de un investigador científico o un sociólogo. A mí, no me interesa la verdad, sino familiarizarme con el mundo que voy a inventar. Esa documentación me suscita imágenes e ideas que incorporo a la novela", ha expuesto Llosa.
Para el escritor de Arequipa, la documentación es "fascinante", porque en algunos casos dicho proceso investigador le ha hecho cambiar por completo el rumbo de la novela que tenía esbozada. Mientras tanto, escribe, escribe y escribe, sin pausa y, sobre todo, sin detenerse en corregir "ese magma" que poco a poco llena las páginas en blanco.
El placer de reescribir una novela
"Escribo con la sensación de que todo lo que estoy escribiendo es una pura porquería. No importa, se trata de vencer el desánimo que se apodera de mí cuando inicio la novela. Porque lo que de verdad me gusta no es escribir, sino rehacer, corregir, editar, cortar, añadir, descolocar los episodios, crear pistas falsas, crear misterios", ha revelado Vargas Llosa.
Sus maestros literarios
Según el flamante Premio Nobel, en pleno proceso creativo, él mismo es consciente de que la técnica (la manera de contar, y cómo contar, la novela) es fundamental. No en vano, en sus primeras novelas, como "Los cachorros", emerge el experimentalismo. Sin embargo, nos avisa de que la técnica no puede ensombrecer la historia novelesca. Así, Vargas Llosa siempre reitera que aprendió la carpintería del oficio narrativo de dos grandes maestros Willian Faulkner y Gustave Flaubert.
"Faulkner fue el primer escritor que leí y estudié con un lápiz y un papel en la mano asombrado de cómo organizaba las historias, descolocaba al lector y lo confundía para enriquecer la novela. Leyéndolo aprendí cómo un novelista tiene que inventar dos cosas: un narrador (omnisciente, testigo, etc.) y el tiempo de la narración (tiempo creado a partir de un tiempo sicológico)", expresaba.
"Otro escritor fue Flaubert, que lo leí cuando llegué a París. Cuando algún joven escritor me pide consejo siempre le digo que lea la correspondencia de Flaubert con su amante y los cinco años en que estaba escribiendo esa novela. Cuando descubrí `Madame Bovary´ descubrí qué escritor quería yo ser. Flaubert comenzó como un escritor que carecía de talento, pero tenía conciencia de sus limitaciones y una voluntad de hierro, perseverancia y terquedad, en querer escribir una obra maestra, con", nos develaba a hace tres años en aquella conferencia en la Fundación Juan March.
Cuándo termina su novela
Finalmente, Mario Vargas Llosa también ha confesado que termina una novela cuando siente que, si no lo hace, "la novela terminará con él". Es en ese momento, cuando es consciente de que los retoques empeoran el texto o cuando ve que ya no puede mejorarla.
"Uno se pasa uno o tres años viviendo con los personajes. Es una sensación de orfandad que combato poniéndome a trabajar inmediatamente en algo totalmente distinto", ha asegurado.
A él le ha tocado este año que la Fundación del creador de la dinamita le concediera el máximo galardón de las letras por su "cartografía de las estructuras de poder y de sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión, y la derrota".
Los lectores que desde ahora se aproximen a la obra vargasllosiana (todo Nobel debe disponer de un adjetivo vinculado a su nombre) descubrirán pronto cómo escribe el nuevo Premio Nobel de Literatura: palabras, consejos, que, seguramente, el escritor peruano incluirá en el discurso del 10 de diciembre en Oslo.
En su libro "Cartas a un joven novelista", hay un extracto muy flaubertiano que Vargas Llosa enuncia con lucidez y que sería necesario repetir en formato postdata.
Postdata: "Sólo quien entra en literatura dispuesto a dedicar a ella su tiempo, su energía y su esfuerzo, creará una obra que lo trascienda", ha dicho.
La cartografía creativa de cómo Mario Vargas Llosa escribe una novela
Jorge Mario Pedro Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 28 de marzo de 1936), más conocido comoMario Vargas Llosa, es un escritor, considerado uno de los más ...
Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso sin trepidación ni más ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro las luces de las lámparas parecían prontas a extinguirse y a sus débiles destellos se delineaban vagamente en la penumbra las hendiduras y partes salientes de la roca: una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto.
Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo y el pesado armazón de hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería.
El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. Eran de los primeros en llegar y el movimiento de la mina no empezaba aún. De la galería bastante alta para permitir al minero erguir su elevada talla, sólo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda que llenaba la vasta y lóbrega excavación.
A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumisión y de respeto:
-Señor, aquí traigo el chico.
Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho. Sus delgados miembros y la infantil inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como de medrosa bestezuela, lo impresionaron desfavorablemente, y su corazón endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias, experimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado de sus juegos infantiles y condenado, como tantas infelices criaturas, a languidecer miserablemente en las humildes galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su rostro se suavizaron y con fingida aspereza le dijo al viejo que muy inquieto por aquel examen fijaba en él una ansiosa mirada:
-¡Hombre! Este muchacho es todavía muy débil para el trabajo. ¿Es hijo tuyo?
-Sí, señor.
-Pues debías tener lástima de sus pocos años y antes de enterrarlo aquí enviarlo a la escuela por algún tiempo.
-Señor -balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica-. Somos seis en casa y uno solo el que trabaja, Pablo cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina.
Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz vencido por aquel mudo ruego llevó a sus labios un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyose un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta.
-Juan -exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado- lleva este chico a la compuerta número doce, reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.
Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo:
-He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimum diario que se exige a cada barretero. No olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio otro más activo.
Y haciendo con la diestra un ademán enérgico, lo despidió.
Los tres se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas fue alejándose poco a poco en la oscura galería. Caminaban entre dos hileras de rieles cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras de acero. El guía, un hombre joven aún, iba delante y más atrás con el pequeño Pablo de la mano seguía el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente preocupado. Las palabras del capataz y la amenaza en ellas contenida habían llenado de angustia su corazón. Desde algún tiempo su decadencia era visible para todos; cada día se acercaba más el fatal lindero que una vez traspasado convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina. El balde desde el amanecer hasta la noche durante catorce horas mortales, revolviéndose como un reptil en la estrecha labor, atacaba la hulla furiosamente, encarnizándose contra el filón inagotable, que tantas generaciones de forzados como él arañaban sin cesar en las entrañas de la tierra.
Pero aquella lucha tenaz y sin tregua convertía muy pronto en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos. Allí en la lóbrega madriguera húmeda y estrecha, encorvábanse las espaldas y aflojábanse los músculos y, como el potro resabiado que se estremece tembloroso a la vista de la vara, los viejos mineros cada mañana sentían tiritar sus carnes al contacto de la vena. Pero el hambre es aguijón más eficaz que el látigo y la espuela, y reanudaban taciturnos la tarea agobiadora, y la veta entera acribillada por mil partes por aquella carcoma humana, vibraba sutilmente, desmoronándose pedazo a pedazo, mordida por el diente cuadrangular del pico, como la arenisca de la ribera a los embates del mar.
La súbita detención del guía arrancó al viejo de sus tristes cavilaciones. Una puerta les cerraba el camino en aquella dirección, y en el suelo arrimado a la pared había un bulto pequeño cuyos contornos se destacaban confusamente heridos por las luces vacilantes de las lámparas: era un niño de diez años acurrucado en un hueco de la muralla.
Con los codos en las rodillas y el pálido rostro entre las manos enflaquecidas, mudo e inmóvil, pareció no percibir a los obreros que traspusieron el umbral y lo dejaron de nuevo sumido en la obscuridad. Sus ojos abiertos, sin expresión, estaban fijos obstinadamente hacia arriba, absortos tal vez, en la contemplación de un panorama imaginario que, como el miraje del desierto, atraía sus pupilas sedientas de luz, húmedas por la nostalgia del lejano resplandor del día.
Encargado del manejo de esa puerta, pasaba las horas interminables de su encierro sumergido en un ensimismamiento doloroso, abrumado por aquella lápida enorme que abogó para siempre en él la inquieta y grácil movilidad de la infancia, cuyos sufrimientos dejan en el alma que los comprende una amargura infinita y un sentimiento de execración acerbo por el egoísmo y la cobardía humanos.
Los dos hombres y el niño después de caminar algún tiempo por un estrecho corredor, desembocaron en una alta galería de arrastre de cuya techumbre caía una lluvia continua de gruesas gotas de agua. Un ruido sordo y lejano, como si un martillo gigantesco golpease sobre sus cabezas la armadura del planeta, escuchábase a intervalos. Aquel rumor, cuyo origen Pablo no acertaba a explicarse, era el choque de las olas en las rompientes de la costa. Anduvieron aún un corto trecho y se encontraron por fin delante de la compuerta número doce.
-Aquí es -dijo el guía, deteniéndose junto a la hoja de tablas que giraba sujeta a un marco de madera incrustado en una roca.
Las tinieblas eran tan espesas que las rojizas luces de las lámparas, sujetas a las viseras de las gorras de cuero, apenas dejaban entrever aquel obstáculo.
Pablo, que no se explicaba ese alto repentino, contemplaba silencioso a sus acompañantes, quienes, después de cambiar entre sí algunas palabras breves y rápidas, se pusieron a enseñarle con jovialidad y empeño el manejo de la compuerta. El rapaz, siguiendo sus indicaciones, la abrió y cerró repetidas veces, desvaneciendo la incertidumbre del padre que temía que las fuerzas de su hijo no bastasen para aquel trabajo.
El viejo manifestó su contento, pasando la callosa mano por la inculta cabellera de su primogénito, quien hasta allí no había demostrado cansancio ni inquietud. Su juvenil imaginación impresionada por aquel espectáculo nuevo y desconocido se hallaba aturdida, desorientada. Parecíale a veces que estaba en un cuarto a oscuras y creía ver a cada instante abrirse una ventana y entrar por ella los brillantes rayos del sol., y aunque su inexperto corazoncito no experimentaba ya la angustia que le asaltó en el pozo de bajada, aquellos mimos y caricias a que no estaba acostumbrado despertaron su desconfianza.
Una luz brilló a lo lejos en la galería y luego se oyó el chirrido de las ruedas sobre la vía, mientras un trote pesado y rápido hacía retumbar el suelo.
-¡Es la corrida! -exclamaron a un tiempo los dos hombres.
-Pronto, Pablo -dijo el viejo-, a ver cómo cumples tu obligación.
El pequeño con los puños apretados apoyó su diminuto cuerpo contra la hoja que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas efectuada esta operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido delante de ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral.
Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado, y el viejo, inclinando su alta estatura, empezó a hablarle zalameramente: él no era ya un chicuelo, como los que quedaban allá arriba que lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres, sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a quien había que tratar como tal. Y en breves frases le dio a entender que les era forzoso dejarlo solo; pero que no tuviese miedo, pues había en la mina muchísimos otros de su edad, desempeñando el mismo trabajo; que él estaba cerca y vendría a verlo de cuando en cuando, y una vez terminada la faena regresarían juntos a casa.
Pablo oía aquello con espanto creciente y por toda respuesta se cogió con ambas manos de la blusa del minero. Hasta entonces no se había dado cuenta exacta de lo que se exigía de él. El giro inesperado que tomaba lo que creyó un simple paseo, le produjo un miedo cerval, y dominado por un deseo vehementísimo de abandonar aquel sitio, de ver a su madre y a sus hermanos y de encontrarse otra vez a la claridad del día, sólo contestaba a las afectuosas razones de su padre con un "¡vamos!" quejumbroso y lleno de miedo. Ni promesas ni amenazas lo convencían, y el "¡vamos, padre!", brotaba de sus labios cada vez más dolorido y apremiante.
Una violenta contrariedad se pintó en el rostro del viejo minero; pero al ver aquellos ojos llenos de lágrimas, desolados y suplicantes, levantados hacia él, su naciente cólera se trocó en una piedad infinita: ¡era todavía tan débil y pequeño! Y el amor paternal adormecido en lo íntimo de su ser recobró de súbito su fuerza avasalladora.
El recuerdo de su vida, de esos cuarenta años de trabajos y sufrimientos, se presentó de repente a su imaginación, y con honda congoja comprobó que de aquella labor inmensa sólo le restaba un cuerpo exhausto que tal vez muy pronto arrojarían de la mina como un estorbo, y al pensar que idéntico destino aguardaba a la triste criatura, le acometió de improviso un deseo imperioso de disputar su presa a ese monstruo insaciable, que arrancaba del regazo de las madres los hijos apenas crecidos para convertirlos en esos parias, cuyas espaldas reciben con el mismo estoicismo el golpe brutal del amo y las caricias de la roca en las inclinadas galerías.
Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en él se extinguió repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres hambrientos y desnudos de los que era el único sostén, y su vieja experiencia le demostró lo insensato de su quimera. La mina no soltaba nunca al que había cogido, y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos y gastados de una cadena sin fin, allí abajo los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo el subir y bajar de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás. Los pequeñuelos respirando el aire emponzoñado de la mina crecían raquíticos, débiles, paliduchos, pero había que resignarse, pues para eso habían nacido.
Y con resuelto ademán el viejo desenrolló de su cintura una cuerda delgada y fuerte y a pesar de la resistencia y súplicas del niño lo ató con ella por mitad del cuerpo y aseguró, en seguida, la otra extremidad en un grueso perno incrustado en la roca. Trozos de cordel adheridos a aquel hierro indicaban que no era la primera vez que prestaba un servicio semejante.
La criatura medio muerta de terror lanzaba gritos penetrantes de pavorosa angustia, y hubo que emplear la violencia para arrancarla de entre las piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. Sus ruegos y clamores llenaban la galería, sin que la tierna víctima, más desdichada que el bíblico Isaac, oyese una voz amiga que detuviera el brazo paternal armado contra su propia carne, por el crimen y la iniquidad de los hombres.
Sus voces llamando al viejo que se alejaba tenían acentos tan desgarradores, tan hondos y vibrantes, que el infeliz padre sintió de nuevo flaquear su resolución. Mas, aquel desfallecimiento sólo duró un instante, y tapándose los oídos para no escuchar aquellos gritos que le atenaceaban las entrañas, apresuró la marcha apartándose de aquel sitio. Antes de abandonar la galería, se detuvo un instante, y escuchó: una vocecilla tenue como un soplo clamaba allá muy lejos, debilitada por la distancia:
-¡Madre! ¡Madre!
Entonces echó a correr como un loco, acosado por el doliente vagido, y no se detuvo sino cuando se halló delante de la vena, a la vista de la cual su dolor se convirtió de pronto en furiosa ira y, empuñando el mango del pico, la atacó rabiosamente. En el duro bloque caían los golpes como espesa granizada sobre sonoros cristales, y el diente de acero se hundía en aquella masa negra y brillante, arrancando trozos enormes que se amontonaban entre las piernas del obrero, mientras un polvo espeso cubría como un velo la vacilante luz de la lámpara.
Las cortantes aristas del carbón volaban con fuerza, hiriéndole el rostro, el cuello y el pecho desnudo. Hilos de sangre mezclábanse al copioso sudor que inundaba su cuerpo, que penetraba como una cuña en la brecha abierta, ensanchándose con el afán del presidiario que horada el muro que lo oprime; pero sin la esperanza que alienta y fortalece al prisionero: hallar al fin de la jornada una vida nueva, llena de sol, de aire y de libertad.
Baldomero Lillo Figueroa (Lota, 6 de enero de 1867 - San Bernardo, 10 de septiembre de 1923) cuentista chileno, considerado el maestro del género del ... es.wikipedia.org/wiki/Baldomero_Lillo - En caché - Similares
-- Publicado por VRedondoF para CyP el 10/13/2010 10:22:00 AM
Thomas Alva Edison (11 de febrero de 1847 – 18 de octubre de 1931) fue un empresario y un prolífico inventor que patentó más de mil inventos (durante su ...
Dice el diccionario de la RAE que chovinista es aquel "que manifiesta chovinismo", y dice también la RAE que chovinismo es "la exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero". En algunos casos se usa este término para la exaltación de una causa en general, no necesariamente nacionalista.
Esta palabra tiene su origen en un francés llamado Nicolas Chauvin, que allá por los comienzos del XIX sirvió en el ejército francés. Según parece era un tipo aguerrido y entregado a la lucha, lo que le llevó a ser herido en múltiples ocasiones pero también a ser condecorado por el mismo Napoleón. Entre sus virtudes y defectos estaban la falta de modestia y discreción.
Exaltado en su verborrea, era tal su devoción por Napoleón que se vio envuelto en algunas situaciones comprometidas y finalmente se tomó su nombre como objeto de referencia para las burlas hacia la exaltación del nacionalismo y las maneras exageradas de apoyo a un gobierno o país.
Nicolas Chauvin (nacido posiblemente en Rochefort, Francia, 1790) fue un soldado seudo-mitológico y patriota que sirvió en el Primer Ejército de la ... es.wikipedia.org/wiki/Nicolas_Chauvin - En caché - Similares
-- Publicado por VRedondoF para FRP el 10/08/2010 10:08:00 AM
La señora Navárrez gimió de tal manera durante toda la noche que sus gemidos llenaban el inquilinato como si hubiese una luz encendida en cada cuarto, y nadie pudo dormir.Pasó toda la noche, mordiendo su almohada blanca, retorciendo sus manos delgadas y gritando: -¡Mi Joe! A las tres de la madrugada los habitantes de los apartamentos se convencieron, finalmente, de que la mujer jamás cerraría su roja boca pintada y se levantaron, sintiéndose acalorados y fastidiosos. Se vistieron y fueron a tomar el trolebús que los llevaría al centro, a uno de esos cines que funcionaban toda la noche. Allí, Roy Rogers se dedicaba a perseguir a los malos y lo veían a través de un velo de humo rancio y oían los diálogos en medio de los ronquidos en la sala nocturna, a oscuras. Al amanecer, la señora Navárrez todavía seguía sollozando y gritando. Durante el día no era tan terrible. El coro masivo de niños que lloraban en distintos puntos de la casa le confería esa gracia salvadora que era, casi, una armonía. A eso se sumaba el traqueteo de las máquinas lavadoras en la galería del edificio donde las mujeres en batas de felpilla, de pie sobre las tablas mojadas del piso, intercambiaban rápidas frases mexicanas. Aun así, de tanto en tanto se podía oír el quejido de la señora Navárrez en medio de las agudas voces, las lavadoras, los bebés: -¡Mi Joe, oh, mi pobre Joe! -gritaba. Al atardecer llegaron los hombres, con el sudor del trabajo bajo los brazos. Mientras se remojaban en bañeras llenas de agua fresca, en todo el edificio donde se preparaba la cena maldijeron y se taparon los oídos con las manos. -¡Todavía sigue con eso! -rabiaron, impotentes. Uno de los hombres hasta llegó a dar un puntapié a la puerta. -¡Cállate, mujer! Y lo único que logró fue que la señora Navárrez chillara más fuerte aun: -¡Oh, ah! ¡Joe, Joe! -¡Esta noche cenamos fuera! -les dijeron los hombres a sus esposas. En todo el edificio se guardaron los utensilios de cocina en los estantes, se cerraron las puertas con llave; los hombres asían a sus perfumadas esposas de los codos y avanzaban de prisa con ellas por los pasillos. A medianoche, el señor Villanazul abrió la vieja puerta desvencijada de su casa, cerró los ojos castaños y se quedó así un momento, balanceándose. Su esposa Tina, con los tres hijos y las dos hijas de ambos, uno de ellos en brazos, estaba junto a él. -¡Ay, Dios! -susurró el señor Villanazul-. ¡Dulce Jesús, baja de la cruz y haz callar a esa mujer! Entraron a su pequeña morada en penumbras y miraron el cirio azul que parpadeaba bajo un solitario crucifijo. En actitud filosófica, el señor Villanazul meneó la cabeza: -Sigue en la cruz. Se tendieron en sus camas como trozos de carne asándose, y la noche estival los salseó con sus propios jugos. La casa ardía con los gritos de esa enferma. -¡Estoy asfixiado! El señor Villanazul bajó corriendo las escaleras del edificio seguido por su esposa y dejaron a los niños, que gozaban de la milagrosa capacidad de dormir aunque el mundo se viniese abajo. Vagas figuras ocuparon la galería delantera, una docena de hombres silenciosos, acuclillados, con cigarrillos que echaban humo y fulguraban entre sus dedos morenos. Las mujeres, en batas de felpilla, aprovechaban el escaso viento que soplaba en la noche de verano. Se desplazaban como las figuras de un sueño, como maniquíes movidos rígidamente por medio de cables y rodillos. Tenían los ojos hinchados y las lenguas estropajosas. -Vamos a su apartamento a estrangularla -dijo uno de los hombres. -No, eso no estaría bien -dijo una mujer-. Mejor arrojémosla por la ventana. Aunque fatigados, todos rieron. El señor Villanazul los miraba a todos parpadeando, confundido. A su lado, su esposa se movía con indolencia. -Cualquiera diría que Joe es el único hombre del mundo que se ha unido al ejército -dijo alguien, irritado-. ¡Caramba con la señora Navárrez! ¡Seguro que este Joe, este marido suyo, estará pelando papas; será el tipo más seguro en toda la infantería! -Hay que hacer algo -proclamó el señor Villanazul. Él mismo se sorprendió de la dureza de su voz, y todos lo miraron. -No podemos seguir así una noche más -siguió diciendo, sin rodeos. -Cuanto más golpeamos a la puerta, más grita ella -explicó el señor Gómez. -Esta tarde ha venido el sacerdote -dijo la señora Gutiérrez-. En nuestra desesperación, acudimos a él. Pero la señora Navárrez no le abrió la puerta siquiera, por mucho que él se lo rogó. El cura se fue. También hemos llamado al oficial Gilvie, que le gritó, pero, ¿acaso cree que ella lo escuchó? -Entonces tenemos que buscar otra forma -reflexionó el señor Villanazul-. Alguien debe tratarla con... simpatía. -¿Qué otra forma existe? -preguntó el señor Gómez. Después de unos instantes, el señor Villanazul conjeturó: -Ah, si alguno de nosotros fuese soltero... Dejó caer la insinuación como una piedra en un estanque profundo, esperó a que salpicara y a que las ondas se expandieran suavemente. Todos suspiraron. Fue como si se levantase un pequeño viento de noche veraniega. Los hombres se enderezaron un poco, las mujeres aceleraron sus movimientos. -Pero somos todos casados -respondió el señor Gómez, volviendo a acurrucarse-. No hay ningún soltero. -Oh -exclamaron todos, y se aquietaron nuevamente en ese río caliente, vacío, de la noche, mientras el humo se elevaba en silencio. -Entonces -volvió a disparar el señor Villanazul cuadrando los hombros y tensando la boca- ¡tendrá que ser uno de nosotros! El viento nocturno volvió a soplar, agitando a la gente allí reunida. -¡No es momento para egoísmos! -declaró Villanazul-. ¡Uno de nosotros debe hacer... esto! ¡De lo contrario, nos asaremos otra noche más en el infierno! Esta vez, los que estaban en la galería se apartaron de él, parpadeando. -¿Lo hará usted, señor Villanazul? -quisieron saber. El aludido se puso rígido y el cigarrillo estuvo a punto de caérsele de los dedos. -Oh, pero yo... -objetó él. -Usted -dijeron-. ¿No? Afiebrado, agitó sus manos. -¡Yo tengo esposa y cinco hijos, uno de brazos! -¡Ninguno de nosotros es soltero y, como la idea fue suya, deberá tener el coraje de respaldar sus convicciones, señor Villanazul! -replicaron todos. El hombre se asustó y guardó silencio. Dirigió a su esposa fugaces miradas de alarma. Cansada, ella permanecía de pie en la noche, esforzándose para verlo. -Estoy tan cansada... -se lamentó la mujer. -Tina -dijo él. -Yo voy a morirme y habrá muchas flores y me sepultarán si no logro descansar -murmuró ella. -¡Pero, Tina...! -Tiene muy mal aspecto -dijeron todos. El señor Villanazul sólo titubeó un instante más. Tocó los dedos de su esposa, flojos y calientes. Rozó con sus labios la mejilla enfebrecida de su mujer. Sin agregar palabra, salió de la galería. Todos oyeron sus pasos que subían las escaleras del edificio a oscuras, lo oyeron ascender, dar la vuelta en el tercer piso, donde la señora Navárrez gemía y gritaba. Aguardaron en el porche. Los hombres encendieron nuevos cigarrillos y arrojaron las cerillas; hablando como un viento, las mujeres rondaron entre ellos; todos se acercaron a la señora Villanazul, que permanecía de pie, en silencio, con sombras bajo de sus ojos fatigados, apoyada contra la baranda de la galería. -¡Ahora -susurró quedamente uno de los hombres-, el señor Villanazul está en el último piso del edificio! Todos guardaron silencio. -¡Ahora -siguió el hombre en un murmullo teatral-, el señor Villanazul golpea la puerta! Tap, tap. Todos escucharon, conteniendo el aliento. A lo lejos se oyó un suave golpeteo. -¡Ahora la señora Navárrez se echa a gritar de nuevo ante la intrusión! Desde lo alto de la casa llegó un grito. -Ahora -imaginó el hombre acuclillado, moviendo delicadamente su mano en el aire-, el señor Villanazul ruega y suplica, suave y quedo, a través de la puerta cerrada con llave. Los que estaban en el porche alzaron sus barbillas tratando de ver a través de los tres pisos de madera y cemento, hacia el tercero, y esperaron. El grito se apagó. -Ahora el señor Villanazul habla rápido, ruega, susurra, promete -exclamó el hombre con suavidad. El grito fue convirtiéndose en un sollozo, el sollozo en un gemido y, por último, se extinguió del todo dejando oír la respiración, el latido de los corazones y todos escucharon. Al cabo de unos dos minutos de permanecer quietos, traspirando, esperando, todos los presentes en la galería oyeron, allá arriba, el chasquido de la cerradura, la puerta que se abría y, un segundo después, un susurro y la puerta que se cerraba. La casa se sumió en el silencio. El silencio inundó todos los apartamentos, como si se apagara una luz. El silencio fluyó como un vino fresco por el túnel de los pasillos. El silencio entró por los vanos abiertos como una brisa fresca que llegara desde el sótano. Todos se quedaron allí, inhalando la frescura de esa brisa. -¡Ah! -suspiraron. Los hombres arrojaron sus cigarrillos y echaron a andar de puntillas por el edificio silencioso. Las mujeres los siguieron. Pronto, el porche quedó vacío. Los habitantes se movieron por frescos pasillos silenciosos. La señora Villanazul, en fatigado estupor, abrió la cerradura de la puerta. -Debemos ofrecerle un banquete al señor Villanazul -susurró una voz. -Mañana encenderemos una vela por él. Las puertas se cerraron. La señora Villanazul yacía en su fresco lecho. "Es un hombre considerado", pensó, casi dormida ya, con los ojos cerrados. "Por este tipo de cosas lo amo." El silencio fue como una mano fresca que la acariciaba, hasta que se durmió.
Ray Douglas Bradbury (Waukegan, Illinois, 22 de agosto de 1920) es un escritor estadounidense de misterio del género fantástico, terror y ciencia ficción. ...